jueves, 3 de marzo de 2016

Las revueltas de los mozárabes en Al-Ándalus

En muchos momentos de la historia de Al-Ándalus los musulmanes siguieron una política de tolerancia hacia las otras religiones monoteístas. Los mozárabes serían los cristianos que mantenían su religión y seguían viviendo en territorio musulmán. Junto con los judíos eran considerados miembros de las “religiones con libro”. Su situación se basaba en un pacto que les confería derechos, pero les imponía ciertas obligaciones. Los mozárabes vivían en sus comunidades, especialmente en el ámbito urbano, profesando su religión, manteniendo sus templos, aunque no podían realizar manifestaciones externas de culto ni levantar nuevos templos. Tenían su propio ordenamiento jurídico y administrativo, con autoridades y jueces para solucionar los conflictos internos aplicando el derecho visigodo y no el musulmán. Las obligaciones se basaban en la aceptación del nuevo poder y tenían que pagar tributos. Pero también se produjeron conflictos. La paz social no siempre fue posible.
En tiempos del emir Al–Hakam I se dio el conocido como motín del arrabal de Córdoba en el 814, pero fue protagonizado realmente por muladíes, es decir, por cristianos que se habían convertido al Islam. Y lo hicieron por la presión fiscal, pero también por la discriminación que sufrían en relación con los musulmanes no conversos.
En el origen del malestar mozárabe siempre estaban las exigencias tributarias de los emires. La principal revuelta mozárabe tuvo lugar a mediados de siglo IX también en Córdoba. Pero en  este caso, además de esta motivación fiscal, habría causas religiosas. En aquel momento se produjo un movimiento religioso martirial que proponía la vuelta al primitivo cristianismo frente a los contagios del Islam. San Eulogio de Córdoba padecería prisión por su apoyo y después sería decapitado. Esta revuelta fue reprimida con dureza.
En la época califal se vivió una etapa de paz social en relación con los mozárabes, pero habría que matizar esta afirmación porque la presión de los bereberes les despojó de muchas de sus tierras. Además se produjeron las emigraciones de monjes al reino leonés y de mozárabes hacia el norte y noreste. Eran evidentes síntomas de un creciente malestar social que se canalizaba a través de otros cauces que no eran los del conflicto.
La población mozárabe fue disminuyendo con el tiempo por varias causas. Una parte terminó por convertirse y los mozárabes pasaron a ser muladíes, y otra fue emigrando a medida que los núcleos cristianos del norte se fueron consolidando y avanzando hacia el sur. La disminución de los mozárabes fue evidente con la llegada de los  almorávides y almohades por el desarrollo de políticas de intolerancia religiosa emprendidas por estos pueblos del norte de África. Veían en los mozárabes una especie de “quinta columna” a favor de los reinos cristianos en su avance. Muchos fueron desterrados a Marruecos hacia el 1126, y hubo algún caso de exterminio.

Eduardo Montagut

martes, 1 de marzo de 2016

El encuadramiento juvenil en el franquismo

Uno de los elementos que más cuidó el fascismo fue el encuadramiento de la población en diversas organizaciones, especialmente de la juventud, con fines formativos ideológicos y de control social. Pues bien, nos quedaba acercarnos a lo que ocurrió en España en la época franquista, aunque sea brevemente.
El Frente de Juventudes se creó por una ley de diciembre de 1940 con el fin de organizar a la juventud española dentro de FET y de las JONS para inculcar los valores dominantes en la España franquista: nacionalcatolicismo, exaltación de la patria y defensa del orden establecido por la victoria en la guerra. Nació con vocación de obligatoriedad pero conviene matizar. El SEU –el sindicato único universitario- pasó a pertenecer al Frente de Juventudes en 1941. Tres años después, la pertenencia al SEU pasó a ser obligatoria, incluyendo el pago de las cuotas económicas establecidas. Pero, aunque los estudiantes de primaria y secundaria también estaban adscritos al Frente de Juventudes, no estaban obligados a ninguna contribución. Los afiliados al Frente de Juventudes eran los “flechas”.
Dentro del Frente de Juventudes estarían las Falanges Juveniles de Franco, cuya adscripción era voluntaria. Esta activa organización solía participar en las manifestaciones organizadas por el régimen como demostración de su importancia y para exaltación del dictador. Fue muy sonada la manifestación organizada como protesta por la ocupación británica de Gibraltar porque se desató cierta violencia, con pintadas a favor de la toma del Peñón por parte de las Falanges Juveniles a una orden de Franco, quema de banderas británicas y otras provocaciones. Pero el régimen no estaba dispuesto a violencias no controladas, tanto por cuestiones de orden público, como por las posibles derivaciones diplomáticas, y se terminó por frenar a las Falanges Juveniles. En 1960, el Frente de Juventudes desapareció para dar paso a la Organización Juvenil Española (OJE).
Estas organizaciones juveniles formaban parte de la Delegación de Juventud de la Secretaría General del Movimiento. Dentro de la Delegación se encontraba el Instituto de la Juventud, del que dependía la Academia Nacional “José Antonio”, dedicada a la formación de profesores en el denominado “espíritu nacional”, es decir, educación político-social, educación física y formación de dirigentes juveniles. Popularmente, era conocida como la Escuela de Mandos. La Delegación formaba a los profesores que en el Bachillerato y en la Universidad impartirían la asignatura de “Formación del Espíritu Nacional”. Además, la Delegación contaba con dos escuelas preparatorias para el ingreso en las academias militares. Tenía la Cadena Azul de Radiodifusión o CAR, con hasta 59 emisoras, la editorial “Doncel” y la “Revista del Instituto de la Juventud”.
Las actividades más importantes de las organizaciones juveniles franquistas fueron los famosos campamentos de verano, las prácticas deportivas y el montañismo. Los campamentos estaban organizados por falangistas y con la presencia de capellanes. En esos campamentos se pretendía templar a los jóvenes en el espíritu militar, enseñar fundamentos ideológicos, la práctica del considerado como ocio sano, así como de los deportes, sin olvidar la formación religiosa.
A estos campamentos del Frente de Juventudes y de la OJE no sólo acudieron los hijos de las familias convencidas y entusiastas del régimen. Muchos chicos de familias sin adscripción política estuvieron en ellos como una alternativa a la falta de vacaciones por evidentes estrecheces económicas; al menos podrían disfrutar del aire libre, el sol y la montaña.

Eduardo Montagut

Los problemas del crecimiento de una gran urbe en el Antiguo Régimen: la Roma del XVI

En este artículo abordamos los problemas generados por el crecimiento de una capital europea de la importancia de Roma en el siglo XVI y de cómo fueron abordados por parte del Papado.
Roma experimentó un enorme crecimiento demográfico en el siglo XVI a partir de la crisis que supuso el saqueo de la ciudad en 1527. Si en aquel momento había unos cincuenta y cinco mil habitantes, en 1600 esta cifra se había duplicado. El gobierno pontificio tuvo que hacer frente a las consecuencias de este crecimiento emprendiendo diversas políticas, con distinto éxito.
Los papas se preocuparon de organizar el abastecimiento de la urbe para evitar motines y revueltas. En relación con el agua potable se pusieron en marcha tres acueductos en la segunda mitad de la centuria, que llegaron a proporcionar unos ciento ochenta mil metros cúbicos de agua al día, y que permitieron abrir treinta y cinco fuentes públicas.
La higiene fue otra preocupación mayúscula para evitar enfermedades, aunque fue muy dura la epidemia de tifus de 1566. A principios del siglo se levantó un almacén de basuras, que hubo que financiar a través de un impuesto que pagaron artesanos y comerciantes. En 1556 se adoptó una medida muy moderna, ya que se prohibió que las cloacas y letrinas terminaran desembocando en la vía pública.
Este aumento demográfico y el carácter de capital de una corte fastuosa y del catolicismo hicieron que el viejo sistema bajomedieval de asistencia quedara obsoleto. Roma se llenó de mendigos, niños sin familia y se disparó el fenómeno de la prostitución. Son de destacar los hospitales y hospicios levantados por Gregorio XIII y Sixto V, pero en esta cuestión no se consiguieron solucionar los problemas asistenciales porque siguió aumentando el número de necesitados. El brillo de Roma era de tal calibre que atraía a todo tipo de personas que intentaban buscarse la vida al abrigo de los príncipes mundanos y de la Iglesia.
El cuarto gran problema del crecimiento poblacional fue el de la vivienda. Quizás no haya ningún caso de la época moderna donde el poder se haya implicado tanto en fomentar la construcción. Algún historiador ha llegado a afirmar que se convirtió en la principal actividad económica de Roma, muy por encima de las manufacturas y el comercio. Había que levantar casas para esas cincuenta mil personas, que es la cifra del crecimiento total que se produjo en el siglo, como hemos apuntado al principio. Se abrieron dos barrios nuevos y una treintena de calles. En el plano monumental, el siglo terminó con sesenta palacios nuevos, una veintena de villas, y más de cincuenta iglesias nuevas, incluyendo la Basílica de San Pedro. Toda esta febril actividad estimuló la producción de las canteras, pero también el sector del transporte y el textil. Roma se convirtió en una de las ciudades donde la población vivía mejor, como media y dentro de lo que cabe, de toda Europa.
El crecimiento demográfico y urbano trajo una última consecuencia, el endeudamiento de la ciudad. Para ello se hacía necesario abaratar el crédito. Para bajar el tipo de interés se creó el Monte de Piedad en 1539. Se decidió que allí se ingresara el dinero procedente de las ventas judiciales y de las liquidaciones de quiebras, permitiendo emplear un tipo de interés entre el 2 y 3% en los préstamos que concedía dicha institución, por lo que aumentaron vertiginosamente a partir de mediados de siglo.

Eduardo Montagut

lunes, 29 de febrero de 2016

El surgimiento de los Colegios de Farmacia en España

El estudio y enseñanza de la farmacia en España estuvieron vinculados en el Antiguo Régimen a los Colegios de Medicina y Cirugía, pero en la época tardoilustrada cambió la situación, ante la necesidad de potenciar esta disciplina científica por su evidente importancia. En el año 1801 se promulgó una real cédula que ordenaba la creación de Colegios para la enseñanza de la Farmacia, y con la facultad de poder expedir títulos de bachiller y doctor. Estos Colegios debían estar bajo la dirección de la Junta Superior Gubernativa de Farmacia. En febrero de 1804 se promulgaron unas ordenanzas respecto a las enseñanzas que debían impartirse en estas instituciones educativas.
En 1806 se abrió el primer Colegio en Madrid, y que pretendía ser el modelo para los que se fueran abriendo por España. En Barcelona se puso en marcha un proyecto para crear uno que debía abrirse en 1808 pero no pudo ser hasta 1815, una vez terminada la Guerra de la Independencia. Su inauguración coincidió con la de los Colegios de Santiago y Sevilla, pero estos dos últimos no pudieron sobrevivir mucho por falta de fondos económicos, en una época de intensa crisis como fue la del reinado de Fernando VII.
El primer plan de enseñanza se articuló en tres años o cursos. Se enseñaba química, farmacia e historia natural (ciencias naturales). En 1815 se hizo una reforma de este plan porque se introdujo la física, se perfeccionaron las cátedras de farmacia y se amplió la carrera a cuatro años, además de establecer tiempos para las prácticas.
En tiempos de Fernando VII se produjo la separación, que sería ya definitiva, entre lo sanitario y lo educativo o formativo. Se creó la Junta de Sanidad para las cuestiones sanitarias, quedando los Colegios para la enseñanza.
El Estado Liberal transformó los estudios de Farmacia, como de otras disciplinas. Los Colegios de Madrid y Barcelona pasaron a ser Facultades universitarias en el año 1845, integrándose en sus respectivas Universidades. Posteriormente, en el mismo reinado de Isabel II se crearon las Facultades de Farmacia de Granada en 1850 y la de Santiago en 1857.
En materia sanitaria el reinado de Isabel II también fue decisivo, ya que en 1855 se aprobó la ley general de sanidad y unas ordenanzas, que estipulaban que solamente los farmacéuticos que ejercían con arreglo a la legislación podrían expender medicamentos. En 1860 se publicaron las nuevas ordenanzas que regularon el ejercicio profesional del farmacéutico.

Eduardo Montagut 

domingo, 28 de febrero de 2016

Historia de las Constituciones

En este artículo abordamos la historia de las Constituciones.
Una Constitución es un documento legal de rango fundamental por el que se rige la vida política de un país. Generalmente, consta de dos partes. Una de ellas se denomina dogmática. En ella se recogen los derechos y libertades que se reconocen y garantizan. Son los dogmas o postulados sobre los que descansa el sistema político. La segunda parte es la orgánica, es decir, donde se nombran y definen los poderes y sus relaciones entre sí.
La Constitución es un documento rígido en lo relativo a su reforma, ya que se necesitan más requisitos para cambiar cualquiera de sus puntos frente a lo que ocurre con una ley común. La Constitución tiene la primacía sobre todas las leyes de un país, y toda disposición se deriva, en última instancia, de la misma, y no puede entrar en contradicción con ella. 

Las Constituciones fueron el instrumento fundamental de la ideología liberal que terminó por destruir el Antiguo Régimen, y luego se han convertido en el instrumento de la democracia, aunque hayan existido y existan sistemas políticos no democráticos que han tenido y tienen Constituciones, habida cuenta de su atractivo, frente a otros, como el franquista que abominaba del término y del concepto en sí.
En las Constituciones se estableció que los sistemas políticos que estaban sometidos a ellas debían poseer contrapesos, instituciones y constricciones marcadas por la misma. Los poderes se dividían y se relacionaban entre sí para evitar la tiranía o el absolutismo, y para poner fin a las arbitrariedades que se pudieran cometer hacia los ciudadanos. Por eso mismo, las Constituciones reconocían y garantizaban los derechos y las libertades, y ponían en el mismo plano a los gobernantes y a los gobernados.
Las Constituciones han ido evolucionando desde su surgimiento en las Revoluciones liberales-burguesas. En un principio, el liberalismo más conservador o doctrinario pretendía solamente abolir el absolutismo monárquico, establecer un poder legislativo bien articulado en los parlamentos, así como el reconocimiento de unos derechos individuales básicos. Cuando llegó la época de la Restauración, después de la derrota de Napoleón, surgieron las Cartas Otorgadas, especie de compromiso entre el pasado y las recientes conquistas liberales, pero que, en sentido estricto, no eran Constituciones, ya que eran fruto de una concesión graciosa de la Corona, que se autolimitaba sus poderes, y no estaban elaboradas por una asamblea o cámara más o menos representativa. Al terminar este período histórico, volvieron a triunfar las Constituciones en sí, aunque de signo conservador o moderado.
El paso a la democracia no se dio hasta los decenios finales del siglo XIX, cuando se consolidó el parlamento como poder fundamental, se acabó con el sufragio censitario -derecho a votar y ser votado para una minoría, en función de un determinado nivel de renta- para instaurar el sufragio universal masculino, y comenzaron a reconocerse los derechos colectivos.
En el siglo XX el progreso del constitucionalismo se disparó. Triunfó el concepto de soberanía popular, más acorde con el sufragio universal, se reconoció el sufragio femenino y surgieron con fuerza los derechos sociales, reconocidos, aunque no todos de fácil garantía. Se terminó con la existencia de la cámara aristocrática -los Senados-, suprimiéndola -unicameralismo- o sustituyéndola por Senados democráticos. En los sistemas federales la segunda cámara sería la que plasmaría la representación territorial.
Por último, conviene mencionar el caso británico, único sistema político occidental que no tiene una constitución formal o escrita. Dicho sistema se basa en un conjunto de leyes que definen principios constitucionales y en normas consuetudinarias, formadas a lo largo del tiempo desde la Edad Media pero, fundamentalmente, a partir de la Revolución de 1688.

Eduardo Montagut

jueves, 25 de febrero de 2016

Los intentos de humanizar las guerras: el Convenio Eliot en la guerra carlista

La primera guerra carlista, una verdadera guerra civil, se caracterizó por una brutalidad impresionante. Era habitual fusilar o alancear a los prisioneros, y no era fácil el intercambio de rehenes. Los dos bandos perpetraron muchas brutalidades. Estos hechos impresionaron a la Europa del momento. El diplomático inglés Edward Granville Eliot marchó al País Vasco, comisionado por el gobierno inglés, para intentar convencer a liberales y carlistas para que firmasen un convenio o tratado con el fin de que se comprometieran a respetar la vida de los prisioneros y que pudieran ser canjeados. Nuestro protagonista había sido secretario de la embajada británica en Madrid en el año 1823, tenía prestigio como mediador, hablaba castellano, y tenía buenas relaciones con personajes de los dos lados, lo que facilitó su tarea. Después de su misión en España siguió su carrera diplomática, y terminó como virrey de Irlanda.
Eliot consiguió que se firmaran los días 27 y 28 de abril de 1835 el tratado conocido como "Convenio Eliot", entre el general Gerónimo Valdés, por el lado liberal, y el comandante general carlista Tomás Zumalacárregui. Por lo acordado se establecía que los prisioneros debían ser canjeados por igual número de prisioneros del otro bando, y en todas las categorías militares. Si había prisioneros sobrantes debían quedarse en depósito en pueblos designados, y sus vidas tenían que ser respetadas, especialmente las de los prisioneros heridos y enfermos. Es importante destacar que el Convenio establecía, además, que ninguna persona, civil o militar, podía ser ejecutada por sus ideas políticas, sin que fuera antes enjuiciada y juzgada según las leyes españolas. El pacto se aplicaría, en principio, en el País Vasco, Navarra, y el centro peninsular. En Cataluña no entró en vigor hasta el año 1838, gracias a la firma de los generales Van Halen y Cabrera.
A pesar de los incumplimientos del acuerdo por la falta de voluntad de algunos mandos militares y de varios problemas, como el de las pésimas condiciones de los lugares de internamiento de los prisioneros a la espera de los canjes, no podemos negar que, al menos, Eliot consiguió humanizar algo una guerra atroz.

Eduardo Montagut

miércoles, 24 de febrero de 2016

El proceso industrializador japonés a partir de la Revolución Meiji

En el plano económico la Revolución o Restauración Meiji supuso el salto del feudalismo al capitalismo en muy poco tiempo, de una economía agraria a una verdadera potencia industrial. En este trabajo se apuntan varias claves sobre este proceso que no tiene paralelos en la historia.
El modelo de crecimiento japonés se basó en tres factores: el apoyo estatal al proceso de industrialización, una política de salarios bajos que favoreció la acumulación de capital, y la tendencia evidente a la innovación del empresariado.
El Estado japonés apoyó este proceso a través de distintas iniciativas. En primer lugar, hubo una apuesta por el fomento de las industrias pesadas, de la explotación minera, la construcción y las industrias estratégicas, especialmente de la de armamento. En materia de transporte el Estado priorizó el marítimo sobre el ferroviario, ya que la estructura en islas del país y su compleja orografía lo hacían muy caro, aunque a pesar de esos factores se fue montando una red ferroviaria a partir de los años setenta del siglo XIX.
Otra apuesta fue por la industria textil, primero de la lana, sustituida por el algodón aunque a un ritmo lento, y destacando la industria textil sedera.
Por fin, se emprendió la explotación de Hokkaido con una colonización dirigida a frenar el expansionismo ruso en la zona.
Japón vivió un fuerte crecimiento demográfico paralelo al industrial. De 37 millones de habitantes en 1880 se pasó a 50 millones en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Pero el éxodo rural, necesario para nutrir de mano de obra la industria, no fue tan fácil ni rápido como en Europa, ya que muchos campesinos japoneses fueron reacios a abandonar sus tierras y pueblos para emprender una nueva vida en las ciudades con trabajos nuevos.
Una vez en marcha el proceso de industrialización, impulsado por el Estado, se pasó, rápidamente, a una etapa de capitalismo financiero de grandes empresas. Japón unió en muy poco espacio de tiempo las dos fases clásicas de la Revolución Industrial. A finales del siglo XIX aparecieron los grandes oligopolios, como Mitsui, Mitsubishi, Yasuda y Sumitomo.
Una característica de la industrialización japonesa fue el conocido como mimetismo tecnológico. Japón emprendió un intenso proceso de imitación de Occidente. Hubo un gigantesco esfuerzo por asimilar lo mejor de cada país. Había que conocer las técnicas occidentales en todos los campos. Este fenómeno permitió tuvo beneficiosas repercusiones en la industria y en otros campos, ya que los japoneses se ahorraron los problemas derivados de las primeras aplicaciones de los inventos e innovaciones, ya que antes se habían practicado en otros países. De Inglaterra aprendieron sobre la navegación; de Francia les interesaron sus estructuras administrativas; en Alemania adquirieron conocimientos militares y médicos y, por fin, de Estados Unidos, sus innovadoras técnicas comerciales. El Estado japonés contrató a muchos profesores, sabios y técnicos occidentales. No se escatimaron gastos a la hora de pagar buenos salarios a estos extranjeros ni para fomentar la investigación en todos los campos científicos y tecnológicos. Por fin, se establecieron premios para las empresas más eficaces.
La transformación económica del Japón, junto con el resto de cambios políticos y sociales que trajo consigo la era Meiji, tiene mucho que ver con el inicio de una política imperialista de nuevo cuño. El reducido espacio geográfico del archipiélago japonés, la fuerte presión demográfica y la necesidad de materias primas y mercados llevaron al Japón a participar en una serie de conflictos, especialmente en Corea y China, además de chocar con el imperialismo ruso.

Eduardo Montagut