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domingo, 10 de enero de 2016

La crítica nobiliaria al absolutismo en Francia

En la Francia de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII surge un grupo de críticos del absolutismo encarnado por Luis XIV desde una perspectiva no tanto liberal como profundamente aristocrática y, quizás por su contenido un tanto arcaizante, menos conocida. Efectivamente, en la década de los años noventa vemos a un grupo de grandes señores agrupados en torno al duque de Borgoña, y compuesto por Beauvillier, Crevreuse, Saint-Simon y Fénelon (preceptor del propio duque), que estaban cansados del auge de la burguesía, especialmente Saint-Simon y por lo que consideraban el despotismo de un rey ya anciano. Estaban pensando en un modelo monárquico harto distinto del que se había establecido desde Versalles. En esta monarquía se recuperarían los antiguos privilegios y prerrogativas de la nobleza. El absolutismo real se frenaría a través del reforzamiento institucional de los Estados Generales y de los provinciales. Estos Estados estarían dominados por la nobleza y controlarían la materia fiscal y otros asuntos de vital importancia. Además, el rey debería estar rodeado de consejos que le asesoraría en el gobierno. Habría que abolir la venalidad de los cargos y la vital figura del absolutismo territorial francés y que no era otra que la del intendente.
Estas ideas comenzaron a perfilarse en las Aventuras de Telémaco de Fénelon, publicadas en 1699. Fénelon se había significado, por su parte, con una carta enviada al rey en 1694 donde había una profunda crítica de la política de lujo que había empobrecido a  Francia, pero también donde criticaba con dureza la política de guerras emprendida por “motivo de gloria y de venganza”.
Pero, sobre todo, las críticas al absolutismo se exponen en las Tablas de Craulnes, un plan de reformas que es redactado en 1711 por Chevreuse y Fénelon para presentarlo al duque de Borgoña, el nuevo delfín. Las ideas de estos personajes inspirarán parte de las políticas de la época de la Regencia, especialmente la polisinodia, es decir, el establecimiento de los consejos dominados por esa nobleza que había sido apartada por el rey Sol para reducirla a la ociosidad. El propio Saint-Simon se convirtió en miembro del Consejo de Regencia y en figura clave de la política.
Pero lo que es más importante, este sustrato ideológico estará en la base de las reticencias y resistencias de la nobleza ante las pretensiones posteriores de los gobiernos de la Monarquía. Las propias ideas de Montesquieu, a través de la separación de poderes, que luego serían reinterpretadas por el liberalismo se nutren, en parte, de las reticencias nobiliarias al absolutismo, considerado como tiranía.
Por fin, es importante destacar que las pretensiones de la nobleza frente al despotismo real llegarían hasta el final del Antiguo Régimen, como se comprueba en el estallido de la crisis financiera del Estado francés en tiempos de Luis XVI y se canaliza a través de la conocida como la Revuelta de los Privilegiados, preludio de la Revolución francesa, aunque no deseada por dichos nobles.

Eduardo Montagut

lunes, 4 de enero de 2016

La crisis demográfica del siglo XVII en España

El siglo XVII se caracterizó por una clara crisis demográfica en todos los territorios de la Monarquía Hispánica, siendo más evidente en la Corona de Castilla. Se calcula que la población total no creció en toda la centuria, manteniéndose en unos ocho millones. La crisis demográfica no afectó a todos los territorios por igual, ni al mismo tiempo, y algunos remontaron antes que otros. El norte cantábrico y el área mediterránea se recuperaron antes que el interior castellano, que fue la zona donde las crisis económica y demográfica fueron más profundas y duraderas. Por su parte, en el siglo XVII comenzó un cambio en la distribución de la población. El interior se fue despoblando a favor de las periferias marítimas.
Las crisis demográficas fueron debidas a las crisis agrícolas y de subsistencias con incidencia virulenta de epidemias, combinación típica de las sociedades preindustriales. El inicio del siglo  coincidió con varios años de malas cosechas y con la llegada de la denominada peste atlántica. Esta epidemia se extendió desde la costa cantábrica hasta Andalucía, entre 1596 y 1602. En muchos aspectos recordó la antigua peste negra por sus efectos, ya que es fácil que murieran medio millón de personas en la Corona de Castilla. Hubo otras dos oleadas de peste durante el siglo. La segunda se dio entre 1647 y 1652, en plena crisis general de la Monarquía Hispánica y que afectó más a los reinos mediterráneos de la Corona de Aragón. La tercera oleada de peste tuvo lugar entre 1676 y 1685, incidiendo en el noreste de Andalucía y en Murcia. Las malas cosechas, por su parte, se repitieron de forma periódica durante gran parte del siglo.
Un tercer factor a tener en cuenta para entender el descenso demográfico tiene que ver con las continuas guerras que se dieron por la intensa política exterior de los Austrias para intentar mantener la hegemonía en Europa y que terminó perdiéndose en beneficio de Francia. Pero, además, en la propia península Ibérica se dieron importantes guerras: la sublevación de Cataluña y la guerra de Portugal. Las guerras inciden en la demografía no sólo por las muertes que producen directamente sino por los niños que dejan de nacer al disminuir la población joven masculina que está en edad de procrear. Por último, las levas de jóvenes incidieron en la crisis de la agricultura, ya que restaron mano de obra.
La expulsión de los moriscos en tiempos de Felipe III, entre 1609 y 1614, contribuyó a una importante pérdida demográfica, más aguda en  los reinos de Valencia y Aragón. También debe tenerse en cuenta la emigración a América, con especial incidencia en Castilla.

Eduardo Montagut


domingo, 3 de enero de 2016

La corrupción en las fuentes literarias del Antiguo Régimen: el caso de los alguaciles

Las alusiones sobre la corrupción en los niveles medios y bajos de la administración en el Antiguo Régimen aparecen con cierta frecuencia en la literatura, especialmente en la de los Siglos de Oro. La inclusión de los alguaciles se convirtió en un recurso muy socorrido cuando se quería tratar un episodio satírico porque casi siempre se les ponía en evidencia con el consiguiente regocijo general. Esta literatura, a pesar de que pudiera exagerar en algún punto, refleja un nivel alto de corrupción. En este sentido Deleito y Piñuela nos dice lo siguiente:
“A las trapacerías y a los excesos de los pícaros que  se pudieran llamar profesionales, contribuía la autoridad con su indulgencia unas veces, su indiferencia o su conducta arbitraria, otras, y su complicidad en muchas ocasiones. Nada eficaz hizo el Gobierno español en los siglos XVI y XVII para moralizar las costumbres y castigar la delincuencia, y los funcionarios de la justicia, desde los más altos a los más bajos, lejos de aplicar ésta rectamente, daban ejemplo funestísimo de incumplimiento de su deber, cuando no de venalidad frecuente.”
En efecto, un alto grado de corrupción se desarrollaba en el entorno de la justicia en el siglo XVII, teniendo los alguaciles un protagonismo, quizás solamente superado por los escribanos. Deleito alude a los manejos que tenían un alguacil y un escribano en Sevilla en la novela ejemplar cervantina El coloquio de los perros. Al parecer, según Berganza, el alguacil en cuestión era íntimo amigo de un escribano, estando ambos amancebados con dos mujeres. Éstas les servían para sus propósitos, ya que las utilizaban como prostitutas a la caza de la multitud de extranjeros que la riqueza y el comercio ultramarino atraían a Sevilla. Una vez avisados los dos ministros se presentaban y apresaban a los protagonistas por amancebamiento. Pero su destino no era la cárcel, ya que, “los extranjeros siempre redimían la vejación con dineros”. Lo que aquí nos interesa destacar es como se provocan delitos para sacar un provecho que, por lo demás, no tiene que ver con la apertura de diligencias, sino con su olvido a cambio de un soborno. El ingenio relatado en una obra literaria se corresponde con la realidad descrita por el cronista, siendo esta vez el protagonista un alguacil de Casa y Corte en Madrid. Dejemos hablar a Jerónimo de Barrionuevo:
“…hijo del sangrador del Rey, fue pidiendo a todos cuantos grandes señores y presidentes hay en la Corte,  fuentes, jarros, y saleros para un bateo, sin perdonar  a Presidente, Inquisidor General et reliqua. Dicen  juntó más de 60 piezas grandes, y 120 de las menores. Fue a Palacio, donde los corredores se las empeñar todas a diferentes personas, sacando lindo dinero, todo  en doblones; que como era alguacil, no hubo duda en la  seguridad ni en el trato. Hase desaparecido y cada cual ha cobrado lo que era suyo, quedándose sin el dinero los que lo dieron. Cada día suceden de estas en la  Corte, donde sólo se trata de engañar los unos a los  otros”.
Luis Vélez de Guevara nos cuenta en El diablo cojuelo, en Sevilla otro caso. Se trata de uno de los últimos episodios, y donde aparece un alguacil:
“-Vuesas mercedes no se alboroten, que yo vengo a hacer mi oficio y a prender no menos que al señor Presidente,  porque es orden de Madrid y la he de hacer de Evangelio. (…) El Cojuelo, arrimándose al Alguacil, le dijo aparte,  metiéndole un bolsillo en la mano, de trescientos escudos:
-Señor mío, vuesa merced ablande su cólera con este diaquilón mayor, que son ciento y cincuenta doblones  de a dos.
Respondiéndole el Alguacil, al mismo tiempo que los  recibió:
Vuesas mercedes perdonen el haberme equivocado, y el señor Licenciado se vaya libre y sin costas, más de  las que hemos hecho; que yo me he puesto a un riesgo  muy grande habiendo errado el golpe”
Pero es, sin duda alguna, la obra de Mateo Alemán Guzmán de Alfarache la que retrata a los alguaciles de la forma más cruda. No creemos que se haya escrito un párrafo más demoledor contra estos oficiales del rey, a la vez que introduce una interpretación del fenómeno de la corrupción al vincularlo a la venalidad de los cargos, de ahí que merezca nuestra atención:
“…compró aquella vara para comer, o la trae de alquiler, como mula, y para comer ha de hurtar, y a la  voz de: Alguacil soy, traigo la vara del rey, ni teme al rey ni guarda ley…”
Para cerrar el siglo XVII nada mejor que hacerlo con Francisco de Quevedo que en su obra La hora de todos y la fortuna con seso ridiculiza a un alguacil,
“II. Por la misma calle poco detrás venía un azotado, con la palabra del verdugo delante chillando, y con las mariposas del sepan cuantos detrás, y el susodicho en un borrico, desnudo de medio arriba, como nadador de  rebenque. Cogióle la hora; y derramando un rocín al  alguacil que llevaba, y el borrico al azotado, el rocín se puso debajo del azotado, y el borrico debajo del   alguacil; y mudando lugares, empezó a recibir los  pencazos el que acompañaba al que los recibía, y el que los recibía, y el que los recibía a acompañar al que le acompañaba”.
La imagen negativa sobre los alguaciles pasó al siglo siguiente. Feijoo en su Teatro Crítico Universal trata acerca del comportamiento de los alguaciles y los escribanos, siendo crítico pero con grandes dosis de ironía, como al final del párrafo que entresacamos:
“En todas partes se oyen clamores contra el proceder  de los Alguaciles y Escribanos. Creo que si se castigasen dignamente todos los delincuentes que hay  en España se convertirían en remos. Los Alguaciles están reputados por gente que hace pública confesión  de la estafa. Si es verdad todo lo que se dicen de ellos, parece que el demonio, como siempre, procura contrahacer o remedar a su modo las obras de Dios: al ver que en la Iglesia se fundaban algunas Religiones mendicantes para bien de las almas, quiso fundar en los Alguaciles una Irreligión mendicante para perdición de  ellas. Su destino es coger los reos; su aplicación, coger algo de los reos, y apenas hay delincuente que  no se suelte, como suelte algo el delincuente”,
es decir, de nuevo el cohecho, el sacar partido de las prisiones, del ejercicio de las funciones para sacar un provecho personal, hasta tal punto que Feijoo convierte a los alguaciles en nada más y nada menos que en una “Irreligión mendicante”.
La mala estampa de los alguaciles viene corroborada por el testimonio de otro escritor de la época. Diego de Torres Villarroel citará en su Vida a los alguaciles entre los personajes y situaciones que le causaban más que preocupación:
“Los que producen en mi espíritu un temor rabioso, entre susto y asco, enojo y fastidio, son los hipócritas, los avaros, los alguaciles, muchos médicos,  algunos letrados y todos los comadrones”,
y por ello,
“Siempre que los veo me santiguo, los dejo pasar, y al  instante se me pasa el susto y el temor”.
Por fin, en un siglo XVIII muy avanzado, Ramón de la Cruz, en su sainete La Plaza Mayor, alude a un tipo de soborno a un alguacil, que debía ser de lo más habitual,
“Lorenza: Perdone usted la llaneza
y tome estas dos lombardas
Alguacil: ¿Y cuánto he de dar por ellas?
Lorenza:  Y están pagadas”
Casi todas estas citas literarias nos han perfilado una situación en la que los miembros visibles de la administración del orden y la justicia, los alguaciles en nuestro caso, aparecen criticados y hasta ridiculizados. Pero conviene matizar que abundan también presencias en la literatura, especialmente dramática de nuestros Siglos de Oro, así como en los sainetes del XVIII, en que los alguaciles aparecen, eso sí sin papel destacado, cuando la presencia de la justicia se hace necesaria en el transcurso o desenlace de la trama dramática.

Eduardo Montagut

domingo, 27 de diciembre de 2015

El poder y la ciencia en el siglo XVII

Uno de los factores que impulsaron la Revolución Científica en el siglo XVII tiene que ver el interés que el poder desarrolló hacia la ciencia. Sin lugar a dudas, las monarquías absolutas apoyaron a los científicos a través de varios medios, especialmente patrocinando instituciones e investigaciones. Se trata de un fenómeno histórico un tanto paradójico, ya que los sabios cuestionaron claramente muchas tradiciones científicas y los principios de autoridad y por otro lado, los reyes, garantes del orden establecido, apoyaron su trabajo, pero tenemos que tener en cuenta que esa ciencia no fue empleada por el momento para criticar al poder, algo que sí terminaría ocurriendo posteriormente en la época ilustrada y, además, debemos entender que las monarquías absolutas utilizaron el patronato regio sobre la ciencia como una forma de demostrar su inmenso poder, es decir, con un afán propagandístico, como estaban haciendo con las artes en plena explosión del barroco. Algunas de las instituciones científicas que se crearon en este siglo perduran hoy en día y son de las más destacadas.
Por otro lado, el interés de los monarcas coincide con el nacimiento de una evidente pasión por la ciencia entre la nobleza y la alta burguesía. Bovier de  Fontenelle consigue que la ciencia se divulgue gracias al éxito de su obra sobre la pluralidad de los mundos (Entretiens sur la pluralité des mondes, 1686), donde hace asequibles el cartesianismo y la astronomía. En los salones de París las discusiones sobre la ciencia empiezan a adquirir un evidente protagonismo. Se multiplican los gabinetes de historia natural, de física, etc..
En los estados italianos existía ya una larga tradición de mecenazgo y de academias desde el siglo anterior. El gran duque de Toscana, Fernando II, fundó en 1657 la Academia del Cimento. Duró poco, un decenio, pero dejó una impronta indeleble en la historia de la ciencia. Carlos II en la época de la Restauración firmó en 1662 la carta para la fundación de la Royal Society en Londres. Estamos hablando de una de las instituciones científicas más importantes del mundo. En unos pocos años marcará clara tendencia en la difusión de la ciencia gracias a la publicación del Philosophical Transactions. En 1675 se funda el Observatorio de Greenwich. Por su parte, la Francia de Luis XIV ve como Colbert, tan imbuido de la necesidad de glorificar a su monarca, impulsa en 1665 la aparición del Journal des Savants. Al año siguiente creará la Academia de las Ciencias. Pero no se pararía en estas dos grandes iniciativas, ya que en 1667 ordenaba que se construyese el Observatorio de París.  Por fin, consigue que el rey pensione a los sabios franceses y a los extranjeros que trabajen en Francia. Por eso intenta atraerse a reputados científicos. En este sentido, Christian Huygens residirá unos quince años en París. El italiano Jean-Dominique Cassini se convirtió en el director del Observatorio. Otro monarca interesado en la ciencia fue Federico I de Prusia. En 1701 fundará la Academia de Berlín gracias a la iniciativa de Leibniz.

Eduardo Montagut