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sábado, 23 de enero de 2016

Portugal y la Gran Guerra

En este artículo plantearemos brevemente unas nociones sobre la participación de Portugal en la Primera Guerra Mundial, un asunto poco conocido en nuestro país.
Portugal permaneció neutral al estallar la Gran Guerra aunque era claramente favorable a la Entente dada su tradicional alianza con el Reino Unido. Pero, en realidad, se combatió desde el principio, ya que a finales de agosto de 1914 los alemanes y los portugueses se enfrentaban no en Europa pero sí en África, en Mozambique y en Angola.
Salazar
Por su parte, los británicos obligaron a Lisboa a que incautarse de los barcos alemanes en puertos portugueses. Este hecho hizo que los Imperios Centrales, es decir, Alemania y Austria-Hungría declarasen la guerra a Portugal en el mes de marzo de 1916.
Entre los meses de marzo y abril de 1916 se creó el CEP, o Cuerpo Expedicionario Portugués, comandado por el general Fernando Tamagnini de Abreu e Silva. Este ejército llegó a tener unos cincuenta y seis mil hombres. En el verano de ese año se encontraba ya en el frente occidental, en Francia, y debía actuar bajo el mando británico, que nunca valoró mucho a estos soldados.
Los portugueses sufrieron intensamente en la etapa final de la guerra. En la ofensiva alemana de abril de 1918 fueron literalmente arrollados en la Batalla de Lys. Este hecho parecía confirmar las reticencias inglesas, pero Londres nunca tuvo en cuenta que los portugueses no habían sido adecuadamente adiestrados y su motivación era muy baja, habida cuenta de los escasos intereses portugueses en este conflicto. Además, no habían sido reemplazados y acumulaban mucho tiempo en el frente.
En noviembre de 1918 los portugueses volvieron a actuar y esta vez con mejor resultado. El número de bajas, entre muertos, heridos y desaparecidos varían mucho entre los historiadores. En total oscilan entre veintiún mil y treinta y tres mil.
En los Tratados de Paz posteriores Portugal obtuvo el puerto de Kionga en la antigua colonia del África Oriental Alemana.
Otro aspecto importante de la participación de Portugal en la Gran Guerra fue el de las repercusiones interiores. La movilización militar y el colapso del comercio internacional generaron una grave crisis económica de desabastecimiento e inflación con su consiguiente alto coste social. El movimiento obrero anarcosindicalista se movilizó con numerosas huelgas y un claro incremento de la violencia. En 1917 se produjo el golpe de Estado de Sidónio Paris, abriendo una larga etapa de inestabilidad política que terminaría desembocando en 1926 en el golpe de Estado del General Carmona, y dos años después en el encumbramiento de Antonio de Oliveira Salazar.

Eduardo Montagut

lunes, 4 de enero de 2016

La crisis demográfica del siglo XVII en España

El siglo XVII se caracterizó por una clara crisis demográfica en todos los territorios de la Monarquía Hispánica, siendo más evidente en la Corona de Castilla. Se calcula que la población total no creció en toda la centuria, manteniéndose en unos ocho millones. La crisis demográfica no afectó a todos los territorios por igual, ni al mismo tiempo, y algunos remontaron antes que otros. El norte cantábrico y el área mediterránea se recuperaron antes que el interior castellano, que fue la zona donde las crisis económica y demográfica fueron más profundas y duraderas. Por su parte, en el siglo XVII comenzó un cambio en la distribución de la población. El interior se fue despoblando a favor de las periferias marítimas.
Las crisis demográficas fueron debidas a las crisis agrícolas y de subsistencias con incidencia virulenta de epidemias, combinación típica de las sociedades preindustriales. El inicio del siglo  coincidió con varios años de malas cosechas y con la llegada de la denominada peste atlántica. Esta epidemia se extendió desde la costa cantábrica hasta Andalucía, entre 1596 y 1602. En muchos aspectos recordó la antigua peste negra por sus efectos, ya que es fácil que murieran medio millón de personas en la Corona de Castilla. Hubo otras dos oleadas de peste durante el siglo. La segunda se dio entre 1647 y 1652, en plena crisis general de la Monarquía Hispánica y que afectó más a los reinos mediterráneos de la Corona de Aragón. La tercera oleada de peste tuvo lugar entre 1676 y 1685, incidiendo en el noreste de Andalucía y en Murcia. Las malas cosechas, por su parte, se repitieron de forma periódica durante gran parte del siglo.
Un tercer factor a tener en cuenta para entender el descenso demográfico tiene que ver con las continuas guerras que se dieron por la intensa política exterior de los Austrias para intentar mantener la hegemonía en Europa y que terminó perdiéndose en beneficio de Francia. Pero, además, en la propia península Ibérica se dieron importantes guerras: la sublevación de Cataluña y la guerra de Portugal. Las guerras inciden en la demografía no sólo por las muertes que producen directamente sino por los niños que dejan de nacer al disminuir la población joven masculina que está en edad de procrear. Por último, las levas de jóvenes incidieron en la crisis de la agricultura, ya que restaron mano de obra.
La expulsión de los moriscos en tiempos de Felipe III, entre 1609 y 1614, contribuyó a una importante pérdida demográfica, más aguda en  los reinos de Valencia y Aragón. También debe tenerse en cuenta la emigración a América, con especial incidencia en Castilla.

Eduardo Montagut


jueves, 10 de diciembre de 2015

Bárbara de Braganza

Bárbara de Braganza nació en 1711 en Lisboa, hija de Juan V y María Ana de Austria, reyes de Portugal. Bárbara fue elegida para casarse con el príncipe de Asturias Fernando, hijo de Felipe V. Por su parte, la infanta María Ana Victoria debía casarse con el heredero de la Corona de Portugal. El matrimonio se realizó por poderes el 11 de enero de 1728. Al año siguiente se intercambiaron las dos infantas en la frontera.
El matrimonio de Fernando y Bárbara vivió aislado por voluntad de la reina Isabel de Farnesio en el palacio del Buen Retiro. La reina no sentía ninguna simpatía por su nuera. Isabel estaba empeñada en el fomento de la política italiana para conseguir tronos para sus hijos, y tenía una mala relación con su hijastro, el príncipe Fernando. Además, la reina temía que la princesa de Asturias influyese en su marido a favor de un posible acercamiento a Inglaterra vía Portugal y hasta de Austria, enemiga de España. Durante unos años se sucedieron las suspicacias en la corte madrileña entre unos y otros.
Bárbara de Braganza ha pasado a la historia por ser una reina culta, ya que dominaba seis idiomas y era una destacada amante de la música. Protegió a Carlo Broschi, Farinelli, que había llegado a la corte española para intentar curar o aliviar la depresión melancólica del rey Felipe V. Farinelli planeaba estar unos meses y llegó a vivir un cuarto de siglo en España. Con los nuevos reyes, Fernando y Bárbara, encontró unos perfectos protectores, lo que le valió condecoraciones y poder para organizar conciertos, obras teatrales, escenografías y óperas, muchas de ellas con letra del poeta Pedro Metastasio, uno de sus mayores amigos. El conjunto se completó con la llegada de Domenico Scarlatti, que desde 1721 había sido maestro del clave de Bárbara y que acompañó a la reina a España. Sin lugar a dudas, el reinado de Fernando VI y Bárbara de Braganza puede ser considerado uno de los que más han hecho por la música en la historia española.
Cuando Fernando VI subió al trono en 1746 la reina no se caracterizó por desarrollar el poder e influencia que había tenido su suegra Isabel de Farnesio, aunque sí influyó en algunos nombramientos, pero su mayor participación fue intentar mediar entre su esposo y su padre, el rey Juan V. En el reinado de Fernando VI se firmaría el Tratado de Límites en enero de 1750 entre España y Portugal, por el que la primera se aseguraba la colonia de Sacramento, la neutralidad de las colonias en caso de un eventual conflicto, aunque a cambio se reconocían los avances portugueses y se cedieron aldeas y reducciones de los jesuitas en Paraguay.
Bárbara de Braganza mandó construir el Convento de la Visitación, más conocido como el Convento de las Salesas, con el fin de retirarse en la vejez. Fue inaugurado en septiembre de 1757. No pudo disfrutarlo porque, tras marchar a Aranjuez, cayó enferma, ya que sufría del corazón. En una larga agonía moriría en agosto del año siguiente, sumiendo al rey en una depresión, a la que era propenso como su padre, muriendo casi al año justo después de su esposa.

Eduardo Montagut