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martes, 23 de febrero de 2016

Josefa Amar y Borbón: una ilustrada por la enseñanza de la agricultura

Josefa Amar y Borbón fue destacada protagonista en el debate sobre las mujeres en el siglo XVIII español. En este artículo, en cambio, nos centraremos en su defensa  de la enseñanza de la agricultura.
Josefa Amar y Borbón nació en Zaragoza en febrero de 1753. Era hija del médico de cámara José Amar y nieta del médico de Fernando VI, Miguel Borbón. Estuvo casada con Joaquín Fuertes Piquer, oidor de la audiencia de Aragón. Versada en inglés, francés, latín e italiano, perteneció a la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, a la Real Sociedad Aragonesa y a la Sociedad Médica de Barcelona. Participó en el famoso debate de las mujeres en el siglo XVIII, destacando su Discurso sobre la Educación Física y Moral de las mujeres, editado en Madrid en 1790, así como, su intervención en la intensa polémica sobre el ingreso de las mujeres en la Sociedad Económica Matritense con su Discurso en defensa del talento de las mujeres y su aptitud para el gobierno. Como es sabido, triunfó la tesis favorable a las mujeres y se creó la Junta de Damas. También tradujo algunas obras del inglés y la obra italiana del abate italiano Javier de Lampillas, en seis tomos, un compendio sobre la literatura española.
Josefa Amar se preocupó por la enseñanza de los labradores, participando del interés que los grandes autores y políticos de la Ilustración española dedicaron a la materia, especialmente en el tema sobre la posible y necesaria colaboración del clero secular en esta tarea ilustradora, dado su ascendente sobre los campesinos y porque los curas párrocos estaban en todos los rincones de la Monarquía, pudiendo ser unos instrumentos eficaces para la difusión de las luces. En este sentido, Floridablanca llegó a pensar en convertir a los párrocos en una especie de agentes del Estado para enseñar al pueblo los rudimentos de las artes y de la agricultura. En este misma línea, Andrés Cardona publicó un libro, en 1784, sobre “la licitud de que los párrocos se dedicasen a estos menesteres”, que fue muy apreciado por Campomanes. Ya en el reinado de Carlos IV, la Sociedad Bascongada estableció un premio en 1791 sobre las ventajas de que el clero se dedicase a “ese oficio patriótico”. Este debate culminaría con la creación en 1797 del Semanario de Agricultura y Artes dirigido a los párrocos.
La aportación de Amar y Borbón en este debate fue la publicación de los Discursos sobre el problema de si corresponde a los párrocos y curas de aldea el instruir a los labradores en los buenos elementos de economía campestre. La obra incluía un plan sobre la materia y se editó en Zaragoza en 1783. En realidad, se trataba de una traducción de la obra italiana del naturalista y botánico veneciano Francesco Griselini (1717-1783), miembro de varias academias europeas, masón, periodista y secretario de la Sociedad Patriótica de Milán, ciudad donde falleció. La traducción fue un encargo de la Real Sociedad Aragonesa y le valió ser nombrada socia de honor de dicha corporación. Félix Latassa, el bibliógrafo más destacado de la Ilustración aragonesa, mencionó estos Discursos en su Biblioteca Nueva de Escritores Aragoneses, haciendo grandes elogios del talento y trabajo de la autora aragonesa.

Eduardo Montagut

martes, 12 de enero de 2016

La intimidad en los comienzos del siglo XVIII

En el final del reinado de Luis XIV comenzó a cundir un nuevo espíritu que reaccionaba contra el “gran gusto” y planteaba como nuevos valores la intimidad y la comodidad. El siglo XVIII nacía con la defensa de un nuevo concepto del placer, alejado de la ostentación que los monarcas, la Iglesia y la nobleza habían empleado para demostrar su poder al pueblo. No significa que desaparezcan los rituales, algo consustancial a la monarquía absoluta, pero se simplifican o quedan en simulacros sin el aparato y la pompa anteriores. Ahora primará el placer, el gozo en el ámbito privado del rey y de los poderosos, lo que algunos han interpretado como el triunfo final del abuso de los privilegios, del inicio de la decadencia del Antiguo Régimen. Pero la burguesía enriquecida también se incorporó a esta nueva mentalidad aunque desde un origen y significado algo distintos. Los burgueses deseaban acceder al lujo doméstico ya que les acercaba a la nobleza y a su modo de vida, haciendo que se diluyesen u olvidasen sus orígenes no privilegiados.
En materia artística la Academia de Bellas Artes deja de ejercer la tutela y eso permite una mayor libertad. Frente al arte cortesano versallesco surge un arte de sociedad. La aristocracia y la burguesía rivalizarán en su papel de mecenas. El arte se vincula, pues, a un intenso mundo social en el ámbito urbano frente al mundo rural donde queda relegada y aislada la pequeña nobleza que no se ha enriquecido con el auge del capitalismo comercial cuando no se estaba empobreciendo.
En el arte de comienzos del siglo XVIII prima la decoración. En este sentido, son significativos los profundos cambios que se producen en el propio Versalles. Frente a los grandes salones de Luis XIV están los apartamentos que manda decorar Luis XV, y que eran asimilables a los de las casas particulares de la aristocracia o la alta burguesía. El rey quiere vivir en habitaciones más pequeñas, con mejor distribución y más prácticas, sin boato ni aparato. A mediados del siglo aparece el comedor como habitación específica muy vinculado al triunfo de la gastronomía, un placer dieciochesco. En los salones y gabinetes se incorpora la mesa de juego, otra gran pasión del siglo. Las habitaciones se adornan con delicadeza. Se abandonan los mármoles y los grandes dorados en los revestimientos para emplear más la madera con colores claros y vivos y finos motivos. En los techos ya no hay artesonados, las chimeneas se hacen más pequeñas y menos ostentosas. Encima de éstas se colocan espejos y bibelots, es decir, pequeños objetos y figurillas. Los muebles que pueblan estas habitaciones se hacen a medida y en armonía con el conjunto general. Pero la gran característica del mobiliario sería su confortabilidad y la intensa y delicada belleza de sus formas. Los ebanistas parisinos fabricaban maravillas con maderas exóticas. Es el imperio del sillón Luis XV, realizado para la comodidad porque se diseña para adaptarse a las curvas del cuerpo. Para este ámbito era necesaria una nueva pintura. Ya no se encargan grandes composiciones, sino pinturas que se adecuen a los nuevos espacios pequeños y delicados. Los temas principales serán escenas de vida doméstica y, sobre todo, retratos.

Eduardo Montagut

domingo, 10 de enero de 2016

La crítica nobiliaria al absolutismo en Francia

En la Francia de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII surge un grupo de críticos del absolutismo encarnado por Luis XIV desde una perspectiva no tanto liberal como profundamente aristocrática y, quizás por su contenido un tanto arcaizante, menos conocida. Efectivamente, en la década de los años noventa vemos a un grupo de grandes señores agrupados en torno al duque de Borgoña, y compuesto por Beauvillier, Crevreuse, Saint-Simon y Fénelon (preceptor del propio duque), que estaban cansados del auge de la burguesía, especialmente Saint-Simon y por lo que consideraban el despotismo de un rey ya anciano. Estaban pensando en un modelo monárquico harto distinto del que se había establecido desde Versalles. En esta monarquía se recuperarían los antiguos privilegios y prerrogativas de la nobleza. El absolutismo real se frenaría a través del reforzamiento institucional de los Estados Generales y de los provinciales. Estos Estados estarían dominados por la nobleza y controlarían la materia fiscal y otros asuntos de vital importancia. Además, el rey debería estar rodeado de consejos que le asesoraría en el gobierno. Habría que abolir la venalidad de los cargos y la vital figura del absolutismo territorial francés y que no era otra que la del intendente.
Estas ideas comenzaron a perfilarse en las Aventuras de Telémaco de Fénelon, publicadas en 1699. Fénelon se había significado, por su parte, con una carta enviada al rey en 1694 donde había una profunda crítica de la política de lujo que había empobrecido a  Francia, pero también donde criticaba con dureza la política de guerras emprendida por “motivo de gloria y de venganza”.
Pero, sobre todo, las críticas al absolutismo se exponen en las Tablas de Craulnes, un plan de reformas que es redactado en 1711 por Chevreuse y Fénelon para presentarlo al duque de Borgoña, el nuevo delfín. Las ideas de estos personajes inspirarán parte de las políticas de la época de la Regencia, especialmente la polisinodia, es decir, el establecimiento de los consejos dominados por esa nobleza que había sido apartada por el rey Sol para reducirla a la ociosidad. El propio Saint-Simon se convirtió en miembro del Consejo de Regencia y en figura clave de la política.
Pero lo que es más importante, este sustrato ideológico estará en la base de las reticencias y resistencias de la nobleza ante las pretensiones posteriores de los gobiernos de la Monarquía. Las propias ideas de Montesquieu, a través de la separación de poderes, que luego serían reinterpretadas por el liberalismo se nutren, en parte, de las reticencias nobiliarias al absolutismo, considerado como tiranía.
Por fin, es importante destacar que las pretensiones de la nobleza frente al despotismo real llegarían hasta el final del Antiguo Régimen, como se comprueba en el estallido de la crisis financiera del Estado francés en tiempos de Luis XVI y se canaliza a través de la conocida como la Revuelta de los Privilegiados, preludio de la Revolución francesa, aunque no deseada por dichos nobles.

Eduardo Montagut

miércoles, 6 de enero de 2016

La Antigüedad en el siglo XVIII

La Antigüedad ejerció una intensa influencia en el arte y la cultura del siglo XVIII a través, fundamentalmente, del estilo neoclásico. Es evidente que ya el Renacimiento había realizado una profunda relectura del mundo clásico y lo había reivindicado, pero tenemos que tener en cuenta que se circunscribía a la civilización grecorromana y a través de las ruinas y monumentos en Roma. Ahora, en el Siglo de las Luces, se ampliaba el conocimiento de la Edad Antigua a otras civilizaciones como la etrusca y, sobre todo la egipcia. Se inició el estudio de los jeroglíficos y se organizaron viajes que generaron bibliografía, destacando el Viaje a Egipto y Siria (1794) de Constantin Volney, obra que ejerció una clara influencia en Napoleón. Precisamente, el emperador organizó la primera gran expedición científica y artística a Egipto en relación con su aventura militar, y que posibilitó la publicación, ya en el siglo XIX, de la monumental Descripción de Egipto, que revolucionó el conocimiento que se tenía de esa civilización.
En este siglo XVIII comenzó el estudio exhaustivo de Grecia, iniciado con la obra descriptiva del inglés Stuart, titulada Antigüedades de Atenas (1762). En ese sentido, fue fundamental la aportación del alemán Winckelmann, prefecto de antigüedades y bibliotecario de Roma. Planteó que el verdadero arte antiguo era el griego mientras que el romano era una copia o adaptación. En 1764 publicó su Historia del Arte, que desencadenó una pasión sin igual por Grecia.
En relación con el ámbito romano las excavaciones de Pompeya y Herculano ejercieron una enorme influencia artística y cultural, sobre todo desde la publicación en 1787 de sus resultados. El impacto no fue solamente en la arquitectura o la escultura, sino también en las mal llamadas artes menores: mobiliario y decoración de interiores. Los europeos pudieron conocer cómo los romanos decoraban sus espacios y se intentaron imitar o interpretar sus motivos y formas.
La publicación de libros de arqueología y de grabados de monumentos y ruinas, fruto de la pasión editorial ilustrada, constituyó un medio fundamental para la difusión del conocimiento de la Antigüedad, como hemos visto ya con algunos ejemplos. Piranesi hará una intensa labor difusora con sus libros de grabados, aunque muchos de ellos serían interpretaciones muy personales y llenas de imaginación, pero dejaron en la retina de los europeos elementos arquitectónicos y escultóricos del mundo clásico que podían incorporarse al arte moderno.
Los viajes, como el Grand Tour de los nobles ingleses, fueron otro medio para el conocimiento y difusión de la Antigüedad. En 1749, Madame de Pompadour, encargó al arquitecto Souflot y al grabador Cochin que acompañasen a su hermano, el marqués de Marigny, en su viaje a Italia, con el fin de que se formase en el arte clásico, y que tanta influencia tuvo en el arte francés, gracias a al poder derivado de su cargo de director general de edificios del rey, responsabilidad que desempeñó entre 1751 y 1773. Por su parte, el conde de Caylus emprendió varias expediciones, como la que realizó para buscar las ruinas de Troya. Su gran aportación como anticuario fue la impresionante obra, Compendio de Antigüedades egipcias, etruscas, griegas, romanas y galas, cuya publicación se inició en 1752, y que se convirtió en una fuente fundamental donde bebieron muchos artistas neoclásicos.

Eduardo Montagut

domingo, 3 de enero de 2016

La corrupción en las fuentes literarias del Antiguo Régimen: el caso de los alguaciles

Las alusiones sobre la corrupción en los niveles medios y bajos de la administración en el Antiguo Régimen aparecen con cierta frecuencia en la literatura, especialmente en la de los Siglos de Oro. La inclusión de los alguaciles se convirtió en un recurso muy socorrido cuando se quería tratar un episodio satírico porque casi siempre se les ponía en evidencia con el consiguiente regocijo general. Esta literatura, a pesar de que pudiera exagerar en algún punto, refleja un nivel alto de corrupción. En este sentido Deleito y Piñuela nos dice lo siguiente:
“A las trapacerías y a los excesos de los pícaros que  se pudieran llamar profesionales, contribuía la autoridad con su indulgencia unas veces, su indiferencia o su conducta arbitraria, otras, y su complicidad en muchas ocasiones. Nada eficaz hizo el Gobierno español en los siglos XVI y XVII para moralizar las costumbres y castigar la delincuencia, y los funcionarios de la justicia, desde los más altos a los más bajos, lejos de aplicar ésta rectamente, daban ejemplo funestísimo de incumplimiento de su deber, cuando no de venalidad frecuente.”
En efecto, un alto grado de corrupción se desarrollaba en el entorno de la justicia en el siglo XVII, teniendo los alguaciles un protagonismo, quizás solamente superado por los escribanos. Deleito alude a los manejos que tenían un alguacil y un escribano en Sevilla en la novela ejemplar cervantina El coloquio de los perros. Al parecer, según Berganza, el alguacil en cuestión era íntimo amigo de un escribano, estando ambos amancebados con dos mujeres. Éstas les servían para sus propósitos, ya que las utilizaban como prostitutas a la caza de la multitud de extranjeros que la riqueza y el comercio ultramarino atraían a Sevilla. Una vez avisados los dos ministros se presentaban y apresaban a los protagonistas por amancebamiento. Pero su destino no era la cárcel, ya que, “los extranjeros siempre redimían la vejación con dineros”. Lo que aquí nos interesa destacar es como se provocan delitos para sacar un provecho que, por lo demás, no tiene que ver con la apertura de diligencias, sino con su olvido a cambio de un soborno. El ingenio relatado en una obra literaria se corresponde con la realidad descrita por el cronista, siendo esta vez el protagonista un alguacil de Casa y Corte en Madrid. Dejemos hablar a Jerónimo de Barrionuevo:
“…hijo del sangrador del Rey, fue pidiendo a todos cuantos grandes señores y presidentes hay en la Corte,  fuentes, jarros, y saleros para un bateo, sin perdonar  a Presidente, Inquisidor General et reliqua. Dicen  juntó más de 60 piezas grandes, y 120 de las menores. Fue a Palacio, donde los corredores se las empeñar todas a diferentes personas, sacando lindo dinero, todo  en doblones; que como era alguacil, no hubo duda en la  seguridad ni en el trato. Hase desaparecido y cada cual ha cobrado lo que era suyo, quedándose sin el dinero los que lo dieron. Cada día suceden de estas en la  Corte, donde sólo se trata de engañar los unos a los  otros”.
Luis Vélez de Guevara nos cuenta en El diablo cojuelo, en Sevilla otro caso. Se trata de uno de los últimos episodios, y donde aparece un alguacil:
“-Vuesas mercedes no se alboroten, que yo vengo a hacer mi oficio y a prender no menos que al señor Presidente,  porque es orden de Madrid y la he de hacer de Evangelio. (…) El Cojuelo, arrimándose al Alguacil, le dijo aparte,  metiéndole un bolsillo en la mano, de trescientos escudos:
-Señor mío, vuesa merced ablande su cólera con este diaquilón mayor, que son ciento y cincuenta doblones  de a dos.
Respondiéndole el Alguacil, al mismo tiempo que los  recibió:
Vuesas mercedes perdonen el haberme equivocado, y el señor Licenciado se vaya libre y sin costas, más de  las que hemos hecho; que yo me he puesto a un riesgo  muy grande habiendo errado el golpe”
Pero es, sin duda alguna, la obra de Mateo Alemán Guzmán de Alfarache la que retrata a los alguaciles de la forma más cruda. No creemos que se haya escrito un párrafo más demoledor contra estos oficiales del rey, a la vez que introduce una interpretación del fenómeno de la corrupción al vincularlo a la venalidad de los cargos, de ahí que merezca nuestra atención:
“…compró aquella vara para comer, o la trae de alquiler, como mula, y para comer ha de hurtar, y a la  voz de: Alguacil soy, traigo la vara del rey, ni teme al rey ni guarda ley…”
Para cerrar el siglo XVII nada mejor que hacerlo con Francisco de Quevedo que en su obra La hora de todos y la fortuna con seso ridiculiza a un alguacil,
“II. Por la misma calle poco detrás venía un azotado, con la palabra del verdugo delante chillando, y con las mariposas del sepan cuantos detrás, y el susodicho en un borrico, desnudo de medio arriba, como nadador de  rebenque. Cogióle la hora; y derramando un rocín al  alguacil que llevaba, y el borrico al azotado, el rocín se puso debajo del azotado, y el borrico debajo del   alguacil; y mudando lugares, empezó a recibir los  pencazos el que acompañaba al que los recibía, y el que los recibía, y el que los recibía a acompañar al que le acompañaba”.
La imagen negativa sobre los alguaciles pasó al siglo siguiente. Feijoo en su Teatro Crítico Universal trata acerca del comportamiento de los alguaciles y los escribanos, siendo crítico pero con grandes dosis de ironía, como al final del párrafo que entresacamos:
“En todas partes se oyen clamores contra el proceder  de los Alguaciles y Escribanos. Creo que si se castigasen dignamente todos los delincuentes que hay  en España se convertirían en remos. Los Alguaciles están reputados por gente que hace pública confesión  de la estafa. Si es verdad todo lo que se dicen de ellos, parece que el demonio, como siempre, procura contrahacer o remedar a su modo las obras de Dios: al ver que en la Iglesia se fundaban algunas Religiones mendicantes para bien de las almas, quiso fundar en los Alguaciles una Irreligión mendicante para perdición de  ellas. Su destino es coger los reos; su aplicación, coger algo de los reos, y apenas hay delincuente que  no se suelte, como suelte algo el delincuente”,
es decir, de nuevo el cohecho, el sacar partido de las prisiones, del ejercicio de las funciones para sacar un provecho personal, hasta tal punto que Feijoo convierte a los alguaciles en nada más y nada menos que en una “Irreligión mendicante”.
La mala estampa de los alguaciles viene corroborada por el testimonio de otro escritor de la época. Diego de Torres Villarroel citará en su Vida a los alguaciles entre los personajes y situaciones que le causaban más que preocupación:
“Los que producen en mi espíritu un temor rabioso, entre susto y asco, enojo y fastidio, son los hipócritas, los avaros, los alguaciles, muchos médicos,  algunos letrados y todos los comadrones”,
y por ello,
“Siempre que los veo me santiguo, los dejo pasar, y al  instante se me pasa el susto y el temor”.
Por fin, en un siglo XVIII muy avanzado, Ramón de la Cruz, en su sainete La Plaza Mayor, alude a un tipo de soborno a un alguacil, que debía ser de lo más habitual,
“Lorenza: Perdone usted la llaneza
y tome estas dos lombardas
Alguacil: ¿Y cuánto he de dar por ellas?
Lorenza:  Y están pagadas”
Casi todas estas citas literarias nos han perfilado una situación en la que los miembros visibles de la administración del orden y la justicia, los alguaciles en nuestro caso, aparecen criticados y hasta ridiculizados. Pero conviene matizar que abundan también presencias en la literatura, especialmente dramática de nuestros Siglos de Oro, así como en los sainetes del XVIII, en que los alguaciles aparecen, eso sí sin papel destacado, cuando la presencia de la justicia se hace necesaria en el transcurso o desenlace de la trama dramática.

Eduardo Montagut

jueves, 31 de diciembre de 2015

La revolución demográfica en Inglaterra

En la segunda mitad del siglo XVIII comenzó en Gran Bretaña a producirse la primera fase de la transición del régimen demográfico antiguo al moderno, concepto más adecuado que el de revolución, caracterizada por un incremento ininterrumpido del crecimiento natural de la población, basado en el mantenimiento de una alta tasa de natalidad pero, sobre todo, por una bajada clara de la tasa de mortalidad, factor diferencial claro en relación con el régimen demográfico antiguo de altas tasas de mortalidad y periódicas mortalidades catastróficas asociadas a las crisis de subsistencia. De los 5’8 millones de personas que tenía la población de Inglaterra y Gales en 1700, se pasó a 9 millones en 1801, aproximadamente.
Malthus
Las causas de este crecimiento demográfico tuvieron que ver con un claro aumento de la producción agrícola, por lo que la alimentación mejoró en cantidad, calidad y también en variedad. Por otro lado, el siglo XVIII, gracias a los avances científicos, vivió los inicios de profundos cambios en la medicina, tanto en lo relacionado con la profilaxis como con el combate de las enfermedades. En este sentido hay que citar la importancia de la vacuna contra la viruela. También, el siglo XVIII vivió los primeros cambios en materia de higiene general y personal. Estos avances higiénico-sanitarios incidieron especialmente en la bajada de la mortalidad y, especialmente de la infantil, muy alta en el régimen demográfico antiguo. También las epidemias devastadoras del pasado, especialmente de la peste, desaparecieron o se mitigaron en gran medida.
La primera consecuencia de este crecimiento demográfico fue el incremento de la mano de obra y del número de consumidores, dos factores fundamentales para el avance industrial, necesitado de una legión de trabajadores y de una demanda que incentivara la inversión y para poner en marcha un sistema de producción masiva a través de las fábricas. Por eso, hay historiadores que hablan hasta de los inicios de una revolución del consumo.
Pero, a su vez, hubo que acrecentar y mejorar las disponibilidades alimenticias, presionando a los cambios en la agricultura, y que fueron atendidos por las revoluciones agraria y agrícola, causa determinante, también para el crecimiento de la población.
Para terminar conviene matizar la importancia del crecimiento demográfico en el desarrollo económico. Es un factor fundamental del cambio económico, como lo demostraría el caso inglés, pero también es cierto que la presión demográfica no es suficiente, debe ir acompañada de otros cambios y procesos. Prueba de lo que aquí afirmamos es el caso irlandés, que vivió un claro crecimiento demográfico entre mediados del siglo XVIII y del XIX y no se produjo el salto, sino alguna crisis demográfica grave y la emigración masiva a los Estados Unidos.

Eduardo Montagut

jueves, 17 de diciembre de 2015

Reflexiones sobre el despotismo ilustrado

En este artículo nos interesaremos por el fenómeno del despotismo ilustrado: su significado en la historia y las consecuencias de sus limitaciones o contradicciones.
La mayoría de las monarquías europeas del siglo XVIII mantuvieron el sistema absolutista configurado en el siglo anterior. Solamente, Inglaterra inició la nueva centuria con una monarquía parlamentaria. Pero el absolutismo del siglo XVIII presentó una fórmula nueva, conocida como despotismo o absolutismo ilustrado, que recogía algunos de los rasgos de la Ilustración, especialmente en la manera de gobernar y en la aplicación de una serie de reformas. Estos monarcas, deseaban, como los ilustrados, la felicidad de los súbditos, pero siguiendo la máxima de: “Todo para el pueblo pero sin el pueblo”. Los monarcas del siglo XVIII potenciaron reformas en los ámbitos económico, social, educativo y cultural a favor de sus súbditos pero sin renunciar a ninguna de sus prerrogativas como depositarios de la soberanía y sin contar con la opinión de los gobernados. Recogieron parte del programa de los ilustrados para intentar modernizar sus estados, corregir abusos o suprimir algunos privilegios. Podemos apuntar varios rasgos comunes en la política reformista llevada a cabo por los monarcas ilustrados europeos: protección de las actividades económicas, especialmente de la agricultura y de las manufacturas, fomento de la educación y de las instituciones culturales y artísticas, subordinación de la Iglesia al Estado siguiendo los principios del regalismo, reformas administrativas y hacendísticas, realización de obras públicas y supresión de los vestigios más antiguos del feudalismo. Pero estas reformas no llegaron nunca a traspasar unos límites sagrados, ya que de hacerlo se pondría fin al sistema absolutista y a la sociedad estamental que lo sustentaba. Cuando las reformas podían resquebrajar el principio de su autoridad o trastocaban pilares fundamentales del Antiguo Régimen fueron abandonadas o ni tan siquiera tomadas en cuenta. El estallido de la Revolución Francesa provocó que casi todas las políticas ilustradas fueran frenadas por los monarcas europeos, como bien se puede estudiar en el caso español en los inicios del reinado de Carlos IV.
Entre los monarcas más destacados del despotismo ilustrado podemos citar a los siguientes: Federico II de Prusia, María Teresa y José II de Austria, Catalina de Rusia y Carlos III de España.
Los límites de las políticas reformistas que hemos apuntado estarían entre las causas del estallido de los procesos revolucionarios del último cuarto del siglo XVIII. Las monarquías fracasaron a la hora de afrontar los graves problemas socioeconómicos y políticos del momento porque no podían ni deseaban íntimamente adoptar reformas profundas. Pero, además, en algunos casos sus acciones abrieron las esclusas de la corriente revolucionaria. Cuando la monarquía francesa intentó afrontar una reforma fiscal de envergadura, agobiada por la más completa ruina económica, al proponer que los estamentos privilegiados colaborasen fiscalmente para afrontar la gravedad de la situación, provocó una fuerte reacción que, en última instancia, liberó todas las tensiones revolucionarias.
En definitiva, el despotismo ilustrado intentó adaptar la Ilustración para fortalecer el poder monárquico pero esto suponía una contradicción, ya que esas ideas ilustradas, en último término, perseguían el fin de la monarquía absoluta y de todo el Antiguo Régimen. Cuando fracasó el despotismo esas ideas nutrieron ideológicamente a los revolucionarios, aunque con otros métodos.
Eduardo Montagut


lunes, 14 de diciembre de 2015

La Renta de la Sal en el Antiguo Régimen

La sal es y ha sido un producto fundamental en la historia de la humanidad, en la alimentación y conservación de los alimentos (salazón de carnes y pescados). Recordemos el origen romano del término salario, pago de sal, ya que en muchas ocasiones se pagaba a los soldados con sal. Precisamente por su importancia el  poder siempre ha sabido que podía sacar un rendimiento de la explotación de la sal. La Corona en España ejerció un derecho exclusivo sobre su fabricación y venta. Las salinas eran propiedad real, aunque se permitió que las Cortes fijaran el precio, al menos hasta que se creó la Superintendencia General de Rentas en el siglo XVIII.

Felipe IV
En el año 1631, en tiempos de Felipe IV, se creó el Consejo de la Sal, que, en realidad, era un organismo dentro del Consejo de Castilla, constituido por ocho consejeros, uno por cada provincia. Este Consejo se encargaba de gestionar esta renta.
El impuesto de la sal estuvo, en ocasiones, arrendado y otras en régimen de administración, método que terminó por ser el adoptado a mediados del siglo XVIII. La renta de la sal fue empleada en 1632 para cubrir el pago del Servicio de Millones.
La sal provenía de tres orígenes. Estaban las fábricas de sal de piedra en Cardona y Castellar, las de agua de mar y lagunas saladas, de Cádiz, Ibiza y Orihuela; y, por fin, la que se sacaba de fuentes, pozos y manantiales salados.
La sal llegaba al público en unos establecimientos específicos, conocidos como alfolíes, almacenes de sal, aunque la Corona podía obligar a los vecinos de un lugar a que comprasen una cantidad obligatoria de sal a través del conocido como sistema de acopios.

Eduardo Montagut