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miércoles, 27 de enero de 2016

El origen de la rebelión de los Países Bajos

La revuelta de los Países Bajos contra la Casa de Austria, que comenzó en 1566, es uno de los hechos capitales de la Historia de la Monarquía Hispánica hasta mediados del siglo XVII porque tiene, entre otras dimensiones, mucho que ver con la decadencia final de la misma por la sangría financiera que supuso una guerra de 80 años.
Felipe II
(Museo Bellas
Artes de Valencia)
Las guerras del emperador Carlos y del rey Felipe II con Francia hasta mediados del siglo XVI, en plena lucha por la hegemonía en Italia y en Europa, generaron ingentes gastos. Los Países Bajos, pertenecientes a la Casa de Austria por herencia borgoñona, tuvieron que contribuir al esfuerzo. Se calcula que entre 1551 y 1558 aportaron unos diecisiete millones de ducados. Pero en los momentos de paz también contribuían con un millón y medio anual como media, cantidad destinada al mantenimiento de las tropas de los Tercios que, por otro lado, cada vez eran menos toleradas por la población.
Pero la presión fiscal no era el único motivo de descontento. La segunda causa era más política, y protagonizada por los grupos privilegiados. En 1559, Margarita de Parma, hija natural del emperador Carlos, accedió a la responsabilidad de gobernar los Países Bajos. No era una figura muy adecuada para hacerse cargo de un Estado tan complejo, sobre todo si la comparamos con María de Hungría, su antecesora, dotada de una gran inteligencia política. Felipe II se marchó ese mismo año de los Países Bajos y dejó unas instrucciones muy rígidas e inflexibles de cómo había que gobernar. En esta tarea se contaba con el concurso de tres consejeros: el conde de Berlaymont, dedicado a cuestiones militares, Aytta Van Zwichem, que era un eminente jurista frisio, y con Granvela, a la sazón cardenal-obispo de Malinas. Indudablemente habían demostrado su valía como gobernantes y habían tenido un gran protagonismo hasta entonces, pero comenzaron a perder peso, ya que casi se convirtieron en simples figurantes, aunque desde la perspectiva de los gobernados, especialmente de sus élites sociales, eran considerados los responsables de las nuevas decisiones impopulares. Un sector de la nobleza, a pesar de pertenecer al Consejo de Estado, comenzó a organizarse como oposición. Entre ellos, destacaban el conde de Egmont y Guillermo de Nassau, príncipe de Orange. Por el momento consiguieron que Felipe II retirara las tropas y se deshicieron de Granvela en 1564.
La tercera causa del conflicto y, sin lugar a dudas, casi determinante, tiene que ver con la religión. Las quejas de la nobleza y la burguesía en cuestiones políticas y fiscales eran muy importantes pero no debe olvidarse la defensa de la disidencia religiosa. La población había tenido que aceptar la creación de catorce nuevos obispados que generaban nuevos y cuantiosos gastos. Por otro lado, los hijos segundones de la nobleza perdieron su derecho a acceder a determinados puestos, las canonjías, por lo que perdieron una importante salida personal. Pero, sobre todo, el gobierno recrudeció la represión sobre el calvinismo y el anabaptismo. Las condenas se multiplicaron de tal manera que se decidió que Egmont viajara a la corte madrileña para pedir a Felipe II que relajara la presión. Pero el monarca fue inflexible y en octubre de 1565 remarcó que había que aplicar de forma estricta la legislación contra la herejía. Además anunció que la Inquisición sería introducida en los Países Bajos. Estas decisiones provocaron un intenso descontento, aunque por el momento se intentó una vía política. Los calvinistas elaboraron un manifiesto, el “Compromiso”, que llegó a contar con el apoyo de un sector de los católicos, ya que era era contenido y formas muy moderado. En el mes de abril de 1566, a instancias de Guillermo de Orange, se envió una petición a Margarita de Parma, contra los edictos religiosos. Pero en el mes de julio se selló la alianza de los grandes señores con los calvinistas. Así pues, los distintos descontentos se imbricaron entre sí para desencadenar la insurrección. La nobleza y la burguesía estaban más interesadas en las cuestiones políticas y fiscales frente a la forma de gobernar de Felipe II, mucho más que en el conflicto religioso. En realidad nunca se destacaron por su fanatismo ni tan siquiera por unas prácticas religiosas muy marcadas, especialmente la alta nobleza y la burguesía más encumbrada. En los Países Bajos se había enseñado a las élites bajo los principios de un intenso humanismo. No concebían las estrictas reglas vitales de los calvinistas, pero tampoco entendían la rigidez del rey Felipe II, por lo que ante la necesidad de buscar aliados en su enfrentamiento con el monarca, unieron su descontento al de los calvinistas.
Eduardo Montagut

sábado, 2 de enero de 2016

María de Austria: lugarteniente de España y emperatriz de Alemania

María de Austria fue un personaje principal de la Casa de Habsburgo en el siglo XVI, hija del emperador Carlos V y de Isabel de Portugal. Nació en Madrid el 21 de junio de 1528. No era la primera hija, porque antes había nacido fuera del matrimonio Margarita de Parma. Su padre no conoció a María hasta casi los cinco años de edad, ya que el emperador se encontraba en Alemania cuando la emperatriz Isabel dio a luz en un parto prematuro.
Se crio entre Toledo y Valladolid con sus hermanos Felipe y Juana, y quizás por quedarse muy pronto huérfanos y no contar con su padre, siempre ausente en algún rincón de sus vastos dominios, desarrollaron una unión sólida filial. Este hecho es clave para comprender el buen entendimiento que siempre tuvieron los dos principales hijos del emperador, el príncipe y luego rey Felipe II y María, en asuntos de gobierno.
Carlos decidió casarla con su sobrino Maximiliano, archiduque de Austria y desde el momento de la boda, rey de Hungría, aunque anteriormente hubo otro plan de boda con el duque de Orleáns, hijo del rey francés Francisco I, pero se frustró.
El emperador obligó al matrimonio a permanecer en Castilla, habida cuenta de sus constantes ausencias porque, además, el príncipe Felipe debía marchar a Flandes. María y Maximiliano se casaron en Valladolid el 13 de septiembre de 1548. Conforme a las Instrucciones dadas por el emperador el 19 de enero y ratificados los poderes concedidos el 29 de septiembre, es decir, ya efectuada la boda, tras la partida del príncipe Felipe el 9 de noviembre los dos esposos pasaron a ser lugartenientes de España e Indias.
María adquirirá más protagonismo en el gobierno cuando se quede sola en Castilla, ya que Maximiliano tiene que partir en noviembre de 1550 a Augsburgo, como confirmaría un Poder Imperial.
Cuando su hermano Felipe regresa de Flandes su misión de gobierno termina y puede partir para encontrase con su esposo en Alemania en el mes de noviembre de 1551. Residieron en Viena y Praga. En 1564, Maximiliano accede al trono imperial, por lo que María pasaría a ser emperatriz.
Al morir el emperador Maximiliano II el 12 de octubre de 1576 decide regresar a Madrid con su hija Margarita en agosto de 1580. Llegaron en marzo del año siguiente. María barajaba la posibilidad de que Margarita se casara con Felipe, ya que su esposa, y también hija, Ana de Austria, había fallecido. Pero muy pronto pasaron a Lisboa porque Felipe había accedido al trono de la Corona portuguesa. El proyecto del rey era dejar a su hermana como regente en Portugal pero María no estaba muy dispuesta a aceptar el encargo, aunque esperaron a que llegara Alberto, otro de sus hijos y, por lo tanto sobrino de Felipe, para que se hiciera cargo de la regencia.
En Madrid la emperatriz viuda desarrolló una intensa vida de mecenazgo, destacando en el apoyo a uno de los principales músicos de la Europa de su época, Tomás Luis de Victoria. Además, aún tuvo que cumplir una misión política al tener que hacerse cargo del reino cuando Felipe II tuvo que marchar a Zaragoza por la boda de su hija la infanta Catalina Micaela con el duque de Saboya. También en 1599 presentó en el Alcázar de Madrid sus respetos a su sobrino el rey Felipe III cuando accedió al trono por la muerte de su padre Felipe II. María pasó a residir en el Monasterio de las Descalzas Reales, aunque no entró en religión, algo que sí hizo su hija Margarita. Este Monasterio, en pleno centro de la Villa, había sido fundado años antes por su hermana menor Juana de Austria, al quedar muy pronto viuda por muerte de su esposo Juan Manuel de Portugal y para poder allí retirarse y morir también muchos años antes que María.
La emperatriz protegió a los jesuitas y les legó su fortuna para el Colegio que habían fundado en 1560, pero una parte de sus hijos no estuvo conforme con esta donación y se entablaron pleitos con la Compañía de Jesús.
La emperatriz falleció el 26 de febrero de 1603 y no pudo ver que había vencido su pretensión sucesoria en los tribunales. Sus restos mortales descansan en el coro alto del Monasterio.
María fue madre de dos emperadores, Rodolfo II y Matías, una reina de Francia, Isabel, que casó con Carlos IX de la dinastía Valois, y otra de España, Ana de Austria, la cuarta esposa de su hermano el rey Felipe II, como hemos señalado anteriormente. En total, tuvo quince hijos.
María de Austria es un ejemplo histórico del papel que las mujeres de las dinastías europeas en la Edad Moderna jugaron en las alianzas y la política internacional, así como en el gobierno de los reinos, las únicas mujeres visibles según la historiografía tradicional, pero no por ello deben dejar de ser estudiadas.

Eduardo Montagut

sábado, 26 de diciembre de 2015

La hidalguía en el Antiguo Régimen

Los hidalgos formaban parte del grupo nobiliario inferior en la Corona de Castilla. El hidalgo se remontaba a un solar y a un linaje conocido. Terminológicamente, hidalgo viene de fijodalgo, es decir, hijo de pro o de valía, por lo que se dejaba muy claro que la condición se transmitía por vía familiar. Su principal característica, como miembros de uno de los estamentos privilegiados, era el de no pagar impuestos o tributos, por lo que se diferenciaban de los pecheros, los que sí pagaban pechos.
Los hidalgos fueron adquiriendo importancia a partir del siglo XII en los reinos de Castilla y León, luego Corona de Castilla.
Hacia finales del reinado de Felipe II se calcula que los hidalgos constituían el diez por ciento de la población castellana. Los hidalgos abundaban más en el norte de la Corona (País Vasco y Cantabria), disminuyendo a medida que nos desplazamos hacia el sur. Los hidalgos eran más abundantes en la ciudad que en el campo. Esta situación cuantitativa y geográfica que hemos descrito se mantuvo muy estable al menos hasta el siglo XVIII. Pero la realidad social siempre es más compleja y dentro del grupo de los hidalgos había sus diferencias, manteniendo el principio básico del privilegio, sobre todo del fiscal. Había hidalgos solariegos, los de mayor consideración social, y otros de privilegio, que lo eran por decisión regia en pago por un servicio prestado a la Corona. Además eran evidentes las diferencias en función de la fortuna. Con excepciones se puede considerar que los hidalgos del norte eran más pobres que los del sur.
Los hidalgos no tuvieron la influencia social, económica y política de los niveles superiores de la nobleza. Su ámbito de acción se circunscribió al municipio. Tenían reservada una parte de los cargos u oficios municipales. En los libros que tenían que ver con la recaudación fiscal aparecían señalados para no tributar frente a los pecheros, algo que les distinguía claramente.
A partir de la llegada de los Borbones varias disposiciones provocaron que el número de hidalgos disminuyera progresivamente. Al final de la centuria eran nada más que el cuatro por ciento de la población. En la época ilustrada los hidalgos fueron perdiendo poder e influencia, habida cuenta del predominio de una mentalidad utilitarista que abogaba por ir acortando o aboliendo privilegios y distinciones en virtud del nacimiento, y solamente justificables en función de la valía personal demostrable. Aunque, bien es cierto, que habría que esperar al triunfo del principio de igualdad ante la ley de la Revolución liberal para terminar con estas distinciones sociales.

Eduardo Montagut