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sábado, 16 de enero de 2016

El gobierno y la administración de América en tiempos de los Austrias

Las Indias fueron incorporadas a Castilla, que fue el reino que estableció el control político y económico de los nuevos territorios. El Imperio se organizó con una doble estructura: instituciones en la metrópoli castellana y organización territorial en el continente americano. En Castilla se articularon dos grandes instituciones, la Casa de Contratación de Sevilla y el Consejo de Indias. La primera fue fundada en 1503, siguiendo algunas pautas marcadas por la Casa da India de Lisboa. Tenía competencias en la organización del comercio entre Castilla y América, que solamente podía canalizarse a través de ella. Pero, además, controlaba la emigración al conceder licencias o permisos para marchar a América, ejercía de aduana, cobraba impuestos y, por fin, tenía misiones formativas de los pilotos de navegación y elaboraba mapas.
Los Reyes Católicos encargaron al capellán Juan Rodríguez de Fonseca la supervisión de los asuntos americanos pero la rapidez de los descubrimientos y conquistas de tantos territorios hicieron que estos asuntos adquirieran una dimensión casi abrumadora, por lo que Fonseca tuvo que contar con una serie de colaboradores, nombrados entre los miembros del Consejo de Castilla, que terminaron por funcionar  de forma oficiosa como un consejo aparte. Al final, sería el emperador Carlos el que tomase la decisión de crear un Consejo específico para las Indias en 1524. El Consejo Supremo y Real de las Indias tenía competencias jurisdiccionales sobre todos los territorios americanos y sobre la Casa de Contratación. Elaboraba la legislación de Indias, nombraba los cargos y fiscalizaba todos los asuntos americanos.
La administración colonial adoptó instituciones y organizaciones puramente castellanas pero con rasgos propios, dada la peculiaridad de los nuevos territorios.
La institución más importante era la del virrey, representante del rey en un territorio. El primero de todos ellos fue Colón, aunque su nieto renunció a esta dignidad a cambio de una serie de compensaciones. Cuando la conquista se estabilizó se crearon dos virreinatos: en 1535 el de Nueva España con capital en México, y unos años después el del Perú, con capital en Lima. El límite jurisdiccional entre ambos estaba en el istmo de Panamá. Los virreyes tenían amplísimos poderes porque eran representantes del monarca. En el siglo XVIII se reorganizaron los virreinatos creándose algunos más.
Las gobernaciones eran circunscripciones equivalentes, aproximadamente, a provincias, y regidas por gobernadores subordinados a los virreyes. Su número aumentó a medida que se conquistaban nuevos territorios.
Los corregimientos eran similares a las gobernaciones en cuanto a las funciones, pero los corregimientos tenían menores dimensiones. Generalmente, eran ciudades con sus territorios circundantes. Al frente había un corregidor. Se trataría de la institución más parecida a la castellana.
Las audiencias eran tribunales superiores de justicia, como en Castilla, pero en América tenían funciones de gobierno al lado  de los virreyes. En el siglo XVI se crearon diez audiencias, y luego fueron aumentando. Sus límites jurisdiccionales coincidirían, en gran medida, con las fronteras de los países que surgieron en los procesos de independencia del siglo XIX.

Eduardo Montagut

lunes, 4 de enero de 2016

La crisis demográfica del siglo XVII en España

El siglo XVII se caracterizó por una clara crisis demográfica en todos los territorios de la Monarquía Hispánica, siendo más evidente en la Corona de Castilla. Se calcula que la población total no creció en toda la centuria, manteniéndose en unos ocho millones. La crisis demográfica no afectó a todos los territorios por igual, ni al mismo tiempo, y algunos remontaron antes que otros. El norte cantábrico y el área mediterránea se recuperaron antes que el interior castellano, que fue la zona donde las crisis económica y demográfica fueron más profundas y duraderas. Por su parte, en el siglo XVII comenzó un cambio en la distribución de la población. El interior se fue despoblando a favor de las periferias marítimas.
Las crisis demográficas fueron debidas a las crisis agrícolas y de subsistencias con incidencia virulenta de epidemias, combinación típica de las sociedades preindustriales. El inicio del siglo  coincidió con varios años de malas cosechas y con la llegada de la denominada peste atlántica. Esta epidemia se extendió desde la costa cantábrica hasta Andalucía, entre 1596 y 1602. En muchos aspectos recordó la antigua peste negra por sus efectos, ya que es fácil que murieran medio millón de personas en la Corona de Castilla. Hubo otras dos oleadas de peste durante el siglo. La segunda se dio entre 1647 y 1652, en plena crisis general de la Monarquía Hispánica y que afectó más a los reinos mediterráneos de la Corona de Aragón. La tercera oleada de peste tuvo lugar entre 1676 y 1685, incidiendo en el noreste de Andalucía y en Murcia. Las malas cosechas, por su parte, se repitieron de forma periódica durante gran parte del siglo.
Un tercer factor a tener en cuenta para entender el descenso demográfico tiene que ver con las continuas guerras que se dieron por la intensa política exterior de los Austrias para intentar mantener la hegemonía en Europa y que terminó perdiéndose en beneficio de Francia. Pero, además, en la propia península Ibérica se dieron importantes guerras: la sublevación de Cataluña y la guerra de Portugal. Las guerras inciden en la demografía no sólo por las muertes que producen directamente sino por los niños que dejan de nacer al disminuir la población joven masculina que está en edad de procrear. Por último, las levas de jóvenes incidieron en la crisis de la agricultura, ya que restaron mano de obra.
La expulsión de los moriscos en tiempos de Felipe III, entre 1609 y 1614, contribuyó a una importante pérdida demográfica, más aguda en  los reinos de Valencia y Aragón. También debe tenerse en cuenta la emigración a América, con especial incidencia en Castilla.

Eduardo Montagut


viernes, 1 de enero de 2016

Los gremios en España

Los gremios fueron asociaciones profesionales nacidas en la Edad Media que incluían a todas las personas que trabajaban en una determinada localidad y en un mismo oficio. Al parecer, su origen se relaciona con el de las cofradías, aunque los gremios tenían como principal objetivo defender de la competencia a sus miembros. Los gremios vigilaban la adquisición y distribución de las materias primas, la calidad de los productos elaborados, establecían los precios y regulaban las condiciones del trabajo, como los salarios, la jornada, etc… Por fin, los gremios cumplían funciones sociales de asistencia a sus miembros en caso de enfermedad, accidente o fallecimiento, así como otras funciones de signo espiritual. Todas estas competencias estaban recogidas en unas ordenanzas. El cumplimiento de las ordenanzas se articulaba a través de jurados o veedores, elegidos en el seno del gremio.

Dentro del gremio se establecieron tres niveles o categorías profesionales: aprendices, oficiales y maestros. El aprendiz pasaba unos años preparándose para poder ser oficial. El aprendiz entraba a corta edad y solía hacerlo a través de un contrato del padre del muchacho con el maestro o dueño del taller. Además de aprender podía atender a funciones domésticas. El oficial era el trabajador en sí del taller. El paso de oficial a maestro era más complejo, ya que era necesario superar un examen donde debía realizar una “obra maestra”. Tenemos que tener en cuenta que un oficial que se convertía en maestro tenía derecho a abrir su propio taller o tienda por lo que las pruebas no era fáciles y, sobre todo, muy espaciadas en el tiempo. Por otro lado, la condición de maestro se hizo hereditaria, generando verdaderas oligarquías gremiales.

En la España medieval los gremios nacieron en el siglo XIII, desarrollándose plenamente en el siglo siguiente, especialmente en Cataluña. Frente a esta situación de desarrollo en la Corona de Aragón, en Castilla tardaron en consolidarse, ya que existieron cofradías de artesanos pero no gremios en sentido estricto hasta el reinado de los Reyes Católicos.

En el siglo XVI se puede ya detectar que el sistema gremial era incapaz de abastecer el mercado interior. El declive de los gremios, especialmente de los pequeños, fue muy lento pero inexorable en los dos siglos siguientes. En el siglo XVIII se creó la organización de los Cinco Gremios Mayores (1733) en Madrid, reuniendo a los sectores artesanales más importantes: lencería, paños, mercería, joyería, seda, especiería y droguería. Parte de la Ilustración fue muy crítica con los gremios porque dificultaban la libre competencia y se tendió a dar disposiciones que minaban su poder. La Revolución Liberal terminó con los gremios. La primera abolición se dio en las Cortes de Cádiz, en conexión con el espíritu de la legislación liberal en lo económico y en las relaciones laborales, contraria a toda regulación. El Trienio Liberal también estaría en contra de los gremios, pero la abolición definitiva del monopolio gremial no llegaría hasta la época de las Regencias en el reinado de Isabel II, destacando los decretos de 1834 y 1836. La abolición trajo consigo importantes consecuencias no sólo económicas, sino también sociales ya que el sistema de asistencia de los gremios desapareció con ellos, quedando muchos trabajadores sin la cobertura que sus antiguos gremios les ofrecían.

Eduardo Montagut

http://losojosdehipatia.com.es/cultura/historia/los-gremios-en-espana/

sábado, 26 de diciembre de 2015

La hidalguía en el Antiguo Régimen

Los hidalgos formaban parte del grupo nobiliario inferior en la Corona de Castilla. El hidalgo se remontaba a un solar y a un linaje conocido. Terminológicamente, hidalgo viene de fijodalgo, es decir, hijo de pro o de valía, por lo que se dejaba muy claro que la condición se transmitía por vía familiar. Su principal característica, como miembros de uno de los estamentos privilegiados, era el de no pagar impuestos o tributos, por lo que se diferenciaban de los pecheros, los que sí pagaban pechos.
Los hidalgos fueron adquiriendo importancia a partir del siglo XII en los reinos de Castilla y León, luego Corona de Castilla.
Hacia finales del reinado de Felipe II se calcula que los hidalgos constituían el diez por ciento de la población castellana. Los hidalgos abundaban más en el norte de la Corona (País Vasco y Cantabria), disminuyendo a medida que nos desplazamos hacia el sur. Los hidalgos eran más abundantes en la ciudad que en el campo. Esta situación cuantitativa y geográfica que hemos descrito se mantuvo muy estable al menos hasta el siglo XVIII. Pero la realidad social siempre es más compleja y dentro del grupo de los hidalgos había sus diferencias, manteniendo el principio básico del privilegio, sobre todo del fiscal. Había hidalgos solariegos, los de mayor consideración social, y otros de privilegio, que lo eran por decisión regia en pago por un servicio prestado a la Corona. Además eran evidentes las diferencias en función de la fortuna. Con excepciones se puede considerar que los hidalgos del norte eran más pobres que los del sur.
Los hidalgos no tuvieron la influencia social, económica y política de los niveles superiores de la nobleza. Su ámbito de acción se circunscribió al municipio. Tenían reservada una parte de los cargos u oficios municipales. En los libros que tenían que ver con la recaudación fiscal aparecían señalados para no tributar frente a los pecheros, algo que les distinguía claramente.
A partir de la llegada de los Borbones varias disposiciones provocaron que el número de hidalgos disminuyera progresivamente. Al final de la centuria eran nada más que el cuatro por ciento de la población. En la época ilustrada los hidalgos fueron perdiendo poder e influencia, habida cuenta del predominio de una mentalidad utilitarista que abogaba por ir acortando o aboliendo privilegios y distinciones en virtud del nacimiento, y solamente justificables en función de la valía personal demostrable. Aunque, bien es cierto, que habría que esperar al triunfo del principio de igualdad ante la ley de la Revolución liberal para terminar con estas distinciones sociales.

Eduardo Montagut